El capitalismo ha desestabilizado la sociedad, ha hecho la vida imposible y sometido a las personas a una cultura del “obedecer”, sustrayéndolos de toda dignidad que se logra con la libertad de granjear con sus decisiones su futuro. Esto infringe un gran daño a la naturaleza y, probablemente, conducirá a un gran colapso social en el orbe.

El sistema industrial ha convertido al ser humano en un mero engranaje de la maquinaria económica, que en el camino a perpetuarse ha provocado incontables atrocidades, y que, de lograr sobrevivir, implantará como consecuencia final la privación de libertad y autonomía de la gente.

La oposición al sistema capitalista no es un capricho, sino un imperativo para la recuperación de la dignidad humana. Por eso abogamos por la agricultura ecológica como una muestra de la revolución contra el sistema industrial, una manifestación pacífica orquestada como un proceso gradual que puede abarcar poco tiempo o décadas, dependiendo de cómo se delinee el camino para la revolución contra esta forma de sociedad, la cual no debe ser bajo ningún argumento política, pues su objetivo no es derribar gobiernos, sino transformar las bases económicas que defiende una parte de la sociedad actual.

El impulso obsesivo de producir para vender ha creado condiciones anormales en la sociedad, como la excesiva densidad poblacional, el aislamiento del hombre de la naturaleza, la descomunal rapidez del cambio social y el colapso de las comunidades de pequeña escala: familia y pueblos. Los cambios experimentados debilitan las comunidades locales para que pueda funcionar eficazmente el mercado, tornando la fidelidad de las personas primero al sistema, y secundariamente a la familia y comunidad, pues si fuese inverso el sistema se caería.

Hoy en día las personas viven más por la eficacia de lo que el sistema hace por o para ellos, que por la eficacia de lo que hacen por ellos mismos, siendo el principal efecto que la interferencia del gobierno sea reemplazada por la injerencia de las grandes corporaciones, haciendo colapsar las finalidades reales (alimentación, salud, servicios básicos, vivienda digna, seguridad…) y de autonomía de las personas.

Pero este modelo obviamente ha fallado en atender los problemas sociales más simples y globales, como la degradación ambiental, la corrupción política, la hambruna, el tráfico de drogas o el abuso doméstico. Esto se debe a un conflicto de valores, donde el modelo económico nos sustrae la libertad.

Para cambiar este paradigma, es necesario un cambio radical y fundamental en la naturaleza de la sociedad, pues todos los padecimientos actuales de las personas han sido provocados por las condiciones de vida que el sistema impone a la gente, y una de estas reformas es la Agricultura Ecológica.

Sabemos que la agroecología es una reforma al sistema porque no es apoyada por gobiernos ni corporaciones; el marketing lo ha tratado de convertir en un producto de consumo, sin resultados más que el de adoptar prácticas similares con otros nombres (agricultura orgánica); no se ha convertido en parte de los valores de la sociedad ni en un ícono de estatus, lo que la ha mantenido con independencia; la tecnología no ha podido influenciarla porque se basa en prácticas ancestrales y locales. Estas señales son las que, precisamente, hacen de la agroecología un modelo capaz de traer una reforma al modelo capitalista.

Los principios de la agricultura ecológica: solidaridad, compañerismo, equidad, pluralidad, justicia, defensa de la vida, son los pilares que sustentan la “libertad y autonomía” de las personas; valores que son capaces de atender las problemáticas globales como la hambruna, el cambio climático y la concentración de la riqueza.

Estos principios se ven reflejados en tres acciones fundamentales: 1) el impulso a la protección de las semillas como patrimonio de la humanidad, 2) la protección y defensa de los territorios y 3) la creación de mercados alternativos.

La agricultura ecológica que practican los y las campesinas e indígenas, han logrado preservar semillas desde hace miles de años, lo que demuestra la capacidad de adaptabilidad que tienen a las situaciones climáticas y a las enfermedades. También, en muchos casos, han presentado mayores rendimientos y productividad que algunos cultivos agroindustriales. En otras palabras, nuestras semillas tienen una adaptabilidad agroecológica que depende de múltiples factores ambientales y prácticas socioculturales, condiciones que jamás podrán ser reproducidas por un modelo capitalista basado en el extractivismo, por lo que su declaratoria como patrimonio de la humanidad no es sólo un paso para combatir los impactos del cambio climático, sino que una forma de acabar con el hambre en el mundo, un paso necesario para que las personas vivan con dignidad. 

La defensa del territorio es un derecho, una reivindicación constante, puesto que no existe territorio que no esté bajo presiones o amenazas resultantes de la situación política y económica global, donde el sistema capitalista ve el suelo como un elemento de enriquecimiento, sin comprender las complejidades que generan en la vida de las personas al sustraerlos de sus recursos. Por eso es una acción fundamental el luchar por los derechos de las personas a su territorio, pues con esto se defiende su dignidad, la cual se alcanza al poder reproducir la vida, consumir saludablemente y vivir en un medioambiente libre de contaminación, preservando con esto la cultura, filosofía y cosmovisión, pero más allá de eso, es una muestra de libertad sobre las imposiciones de Estados ignorantes que buscan su propio enriquecimiento.

La oposición al sistema industrial, el cambio de producir para vender, al producir para vivir, nos permite posicionarnos como un nuevo paradigma, uno que debe desarrollarse en conjunto, con prontitud y sin temor, ya que el derrocamiento de modelos anquilosados y añosos nunca ha sido un tema de la mayoría, sino que de una minoría convencida y activa que, en base a argumentos racionales, logra impulsar un cambio: volver la dignidad a las personas.

Teniendo la cultura y la organización, falta el comercio para tener las bases de una sociedad justa. Por tanto, el promover el comercio justo, la eliminación de intermediarios y el derecho a tener comida de calidad en nuestras mesas a un precio justo, que además permita desarrollar comunidades, es la tercera acción que promueve el modelo de la agricultura ecológica. Los mercados alternativos basados en la agroecología impulsan las buenas prácticas ecológicas, beneficiando tanto a productores como consumidores a través del comercio justo, economía solidaria, el consumo responsable, la valoración de la biodiversidad y saberes culturales. Abrir nuevas puertas que posibiliten contrarrestar las políticas que someten las economías locales a la pobreza, no es una irrealidad, sino un cambio que podemos alcanzar con nuestro esfuerzo.

Fuente: Octavio Sánchez Escoto, Carlos Castañeda Viñas.