A la humanidad le ha llegado la hora de la verdad. El coronavirus, invisible a simple vista, le puso de rodillas y expuso sus numerosas grietas. Nadie quedó a salvo. Mientras los países se apresuran en desarrollar una vacuna que eventualmente pueda detener el avance galopante de la pandemia, la mayor parte de la población mundial permanece encerrada en sus hogares. 

Son tiempos de ansiedad, de consultar con frecuencia la avalancha de noticias sobre muertes y sufrimiento que llega en un goteo constante a través de las pantallas de la televisión, los teléfonos celulares y los periódicos. Esta generación no vivió nunca antes algo de este tipo, y por eso hoy no hay otro tema de conversación más que el de aprender a vivir en esta nueva realidad global que surgió hace apenas algunos meses.

Eso dicho, para muchos la cuarentena es un lujo. Vivir en un departamento amplio y ventilado, o pasear por el propio jardín dotando a la cuarentena de un sentido poético, no es lo mismo que pasar los días abarrotados y hacinados en chozas de barriadas. ¿Cómo lavarse las manos cada 20 minutos cuando el suministro de agua, privatizado y redirigido a los sectores ricos de la ciudad hace años, evade con crueldad a los más pobres? ¿Cómo sostener el distanciamiento seguro en las calles polvorientas y atestadas que habitan quienes viven en la pobreza más abyecta? En tiempos de pandemia, quedarse en casa es un privilegio.

No aplica a aquellas personas cuyas vidas y medios de subsistencia dependen de estar afuera por 16 horas o más al día. Los jornaleros urbanos, ante el miedo que suscita la pandemia, están regresando en masa a sus poblados a pesar de que la ansiedad por el futuro incierto cuelgue sobre sus cabezas como la espada de Dámocles. La preocupación inmediata es conseguir comida para sus hijos, pero esa es solo una de una larga lista de inquietudes. Según se dice, muchos de ellos no estarían dispuestos a volver a las ciudades cuando todo esto haya pasado (si es que sobreviven la pandemia).

También es necesario entender cómo están afrontando estos días las personas que viven en zonas rurales. La economía rural sufrió múltiples trastornos a causa del COVID-19. Muchos de los campesinos, quienes alimentamos al 70% de la población mundial, tenemos que continuar trabajando en nuestros cultivos confiando en las precauciones que tomamos. Sin embargo, a medida que los gobiernos imponen estrictas medidas de cuarentena, en numerosas partes del mundo a muchos se nos dificulta el acceso a mercados locales. La preocupación crece mientras los vegetales y las cosechas no vendidos se pudren en nuestros sembríos.

Cruel ironía, que al mismo tiempo que los consumidores urbanos se quejan de la falta de disponibilidad de elementos esenciales como aceite, granos y legumbres, la preocupación en los campos es lograr llevar las cosechas a los mercados de los poblados más cercanos. A los pequeños pescadores se les dificulta el acceso a las aguas interiores, lagos, ríos y mares de los cuales depende su sustento. Incluso cuando logran acceder a las aguas y pescar, las estrictas medidas de toque de queda rompieron las cadenas locales de abastecimiento, impidiéndoles así la venta de sus capturas.

Los pastores, cuyas vidas y medios de subsistencia están estrechamente ligados al pastoreo y a la cría de su ganado en las tierras comunes, luchan por sobrevivir en este nuevo orden mundial. Millones de productores lácteos en todo el mundo hoy enfrentan obstáculos para vender a las cooperativas locales. Los pequeños productores pecuarios y las familias campesinas con cabras, vacas y pollos también tienen problemas para conseguir suficiente forraje.

Los trabajadores rurales empleados por grandes haciendas y por la agricultura industrial ya antes trabajaban en condiciones indignas e inseguras. Con la falta de acceso a atención médica de calidad, el virus ha precarizado aún más sus condiciones de vida. Los pueblos originarios, con décadas de abandono, expulsados de sus tierras y sus bosques por las industrias extractivistas, temen el impacto de las medidas de cuarentena sobre su acceso a los bosques y medicinas tradicionales. Como resultado de las repercusiones económicas del virus, el hambre aumentará en todo el mundo. La OIT estima que se perderán 25 millones de puestos de trabajo. La FAO (Organización para la Alimentación y la Agricultura) y la OMS (Organización Mundial de la Salud) han advertido del riesgo de una “escasez alimentaria” a nivel global si las autoridades no manejan adecuadamente la crisis de coronavirus.

Enfrentamos un desafío gigantesco. Las economías de libre mercado en las que vivimos atraviesan hoy un momento crítico ante la alteración de las cadenas de abastecimiento internacional construidas por la industria. Este deterioro ha perjudicado muchas vidas y llevado a quiebre a numerosas empresas, grandes y pequeñas. ¿Desde cuándo todos los países son hiperdependientes de esta cadena internacional de abastecimiento? La dependencia es tan aguda que una perturbación inesperada en la cadena ha provocado una catástrofe económica y desencadenado una grave recesión. A los tres meses de esa perturbación, el mundo se encuentra ante una escasez de alimentos, a pesar de que los campesinos siguen trabajando en los campos. ¿Cómo llegamos a esta situación?

Desde mediados del siglo XX se dio un esfuerzo coordinado por reemplazar la agricultura campesina a pequeña escala con un modelo agrícola gigantesco y corporativo. A pesar de la evidencia de que el agronegocio es uno de los mayores emisores de gases de efecto invernadero (GEI), no se detuvo la obsesión por crear cadenas internacionales de abastecimiento alimentario. Los mercados campesinos locales fueron desplazados por supermercados y los grandes negocios y sus socios en el comercio de mercancías tomaron el control del sistema alimentario mundial, sin tener en cuenta los principios de la agroecología ni la soberanía alimentaria.

Las consecuencias para la naturaleza han sido devastadoras. Grandes haciendas deforestaron enormes franjas de bosques y las empresas mineras perforaron la tierra en busca de minerales como si no hubiera mañana. También se puso en grave peligro la salud de humanos y animales. Todas las grandes gripes que han sacudido a la humanidad en los últimos tiempos nos recuerdan el costo humano de esta expansión ilimitada orientada hacia la homogeneidad y a costa de la diversidad. Los patógenos fatales que mutan en y emergen de estos agro-ambientes especializados son consecuencia del sistema que reemplazó la producción local de alimentos saludables, variados y climáticamente apropiados por alimentos homogéneos, producidos en fábrica, que tienen el mismo sabor, ya sea en oriente o en occidente.

A medida que los procesos de producción se orientaron cada vez más a la exportación, en muchos países aumentó la dependencia de alimentos importados. Países ricos como Singapur hoy importan más del 90% de sus alimentos. También Corea del Sur importa la mayor parte de sus granos. Los trastornos ocasionados por el COVID han expuesto los peligros de esta dependencia. La conmoción nos ha obligado a reconocer la importancia y la urgencia de la soberanía alimentaria, definida como el derecho de los pueblos a decidir sobre sus sistemas alimentarios y agrícolas, y a producir y consumir alimentos saludables y culturalmente adecuados. Países como Nepal, Mali y Venezuela, entre varios otros, ya han reconocido a la soberanía alimentaria como un derecho constitucional de sus pueblos; otros gobiernos deberían hacer lo mismo.

La soberanía alimentaria de los pueblos es la mejor defensa ante cualquier crisis económica. Aborda de manera fundamental la necesidad más urgente y apremiante de las personas: conseguir alimentos saludables, nutritivos y climáticamente apropiados para sus familias, cultivados en las cercanías, donde es más probable que conozcan la procedencia de la comida en sus platos. Desde 1996, La Vía Campesina, como movimiento internacional de campesinos y campesinas, ha promovido la adopción de políticas públicas que reinventen nuestros sistemas alimentarios de manera que todo el control quede en manos del pueblo.

Más aún, el comercio internacional no debería seguir siendo determinado por la lógica competitiva, tan profundamente arraigada, de la economía de libre mercado. Los principios humanistas de la solidaridad y camaradería deberían definir las redes y políticas de comercio internacional. Para aquellos países en los que la producción local es imposible o presenta desafíos extremos por condiciones climáticas o de otro tipo, la comercialización debería basarse en la cooperación y no en la competición. Es por eso que a lo largo de muchos años los movimientos campesinos de todo el mundo han organizado campañas exigiendo que la agricultura quede exenta de toda negociación de libre mercado.

La producción de alimentos campesina, agroecológica y local respeta y coexiste con nuestro entorno natural. Es un sistema que permite prosperar a todas las formas de vida, en lugar de debilitarlas con fertilizantes químicos y pesticidas nocivos. Los cimientos de la existencia humana deben estar determinados por cualquier orden que promueva la vida por encima de las ganancias. No es ese el mundo en el que vivimos hoy, pero seguramente podría serlo.

El COVID-19 ha provocado grietas en el túnel oscuro de nuestra coexistencia, que actualmente se reduce a la repetición de muchas rutinas sin sentido diseñadas para mantenernos en la lógica de la competencia. Pero es a través de esas grietas que la luz puede entrar. Ahora es el momento de despejar el camino hacia una sociedad igualitaria, justa y libre, basada en la Soberanía Alimentaria y la Solidaridad.

Fuente: La Vía Campesina 

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